Durante la Magna Graduación Utel Ciudad de México 2026, la Vicerrectora Académica, Claudia Mejía dirigió un mensaje que invitó a los egresados a mirar su trayectoria desde una perspectiva distinta. En representación del Rector Institucional, David Stofenmacher recordó que el camino hacia una meta no siempre es lineal y que en muchas ocasiones, son los desafíos, las pausas y la decisión de seguir adelante los que preparan a las personas.
Discurso de la Vicerrectora Claudia Mejía
A través de la filosofía japonesa del Kintsugi, el arte de reparar la cerámica con oro para hacer visibles sus grietas, compartió una reflexión sobre el valor de las experiencias que fortalecen el carácter. Con su mensaje reconoció que detrás de cada título existe una historia de perseverancia, aprendizaje y propósito.
«Muchas gracias. Muy buenas tardes a todos. Cuentan que en el Japón antiguo cuando un objeto de cerámica profundamente valioso se rompía, los maestros artesanos no intentaban ocultar las grietas. No usaban pegamento transparente para disimular la fractura, al contrario, unían los fragmentos utilizando un barniz espolvoreado con oro puro.
A este arte lo llamaron Kintsugi. La filosofía detrás de esta técnica es hermosa. Un objeto restaurado de esta manera no solo es más fuerte que el original, sino que sus líneas doradas lo vuelven una pieza única, con una historia que contar. Las cicatrices no se esconden, se exhiben con orgullo porque son la prueba viviente de haber resistido cuando todo invitaba a rendirse.
Queridos graduados de la generación dos mil veintiséis, hoy, al mirarlos a los ojos en este recinto de nuestra entrañable Ciudad de México, no puedo evitar pensar en el Kintsugi. Vivimos en una época obsesionada con medirlo todo. Medimos resultados, productividad, algoritmos y el éxito impecable en una pantalla.
Pareciera que la vida ideal tuviera que ser una línea recta, sin caídas, sin fisuras. Nos han enseñado que detenerse es un fracaso. Sin embargo, hoy estamos aquí para celebrar precisamente el valor de lo incuantificable y la belleza de nuestras propias grietas. Esta celebración tiene hoy un contexto que la hace aún más significativa. Este dos mil veintiséis se ha convertido en un año profundamente memorable.
Es un momento en el que, ante los ojos del mundo, nuestro país está demostrando su verdadera grandeza, su riqueza y su inquebrantable capacidad de aspirar a lo grande. También es un año histórico para nuestra casa de estudios. Este dos mil veintiséis, Utel cumple quince años de historia. Quince años de romper barreras, de unir fronteras y de demostrar que la educación no tiene límites.
Y qué mejor manera de celebrar este aniversario que graduando a una clase que personifica mejor que nadie el espíritu de resistencia y excelencia de nuestra comunidad. Es por eso que, en nombre de nuestro rector David Stofenmacher, quien me ha confiado el enorme privilegio de transmitirles su más sincera y calurosa felicitación, saludo con profundo respeto a las autoridades académicas y docentes que hoy nos acompañan.
Y de manera muy especial a cada una de las familias presentes y a ustedes, nuestros graduados. Están aquí porque alguien, en algún momento, eligió no rendirse y esa elección merece ser celebrada en voz alta. Porque la verdadera grandeza de nuestra gente no nace de los caminos perfectos ni de los días fáciles. Nace de saber levantarse.
En la vida los desafíos nunca son el final de la historia. Son el aprendizaje más puro. Son el oro con el que unimos nuestros pedazos. Sé muy bien que el camino para llegar hasta este momento no fue una línea recta. Muchos de los que hoy visten esta toga en algún momento oscuro sintieron que su mundo se fracturaba y que ya no era posible continuar. Quizá la vida los sacudió con fuerza, el cansancio los abrumó.
O quizá tuvieron que tomar la valiente, dolorosa y amorosa decisión de poner una pausa a sus propios objetivos, anteponiendo el bienestar de sus hijos, de sus parejas, de sus padres, de las personas que más aman. Eso no fue rendirse. Eso fue un acto de amor profundo, de una lealtad inmensa que jamás cabrá en una estadística.
Y por eso, el hecho de que estén hoy aquí, habiendo aceptado este difícil reto, reanudado el vuelo y alcanzando la meta, es la prueba de que sus líneas doradas brillan más que nunca. Lo que celebramos hoy no es solo un triunfo académico, es una victoria absoluta del espíritu humano.
Y como toda victoria verdadera, esta no se reduce a un papel, no se archiva en ningún expediente ni fecha de titulación, porque lo que realmente ocurrió en estos años no fue solo acumular conocimiento, fue forjar carácter. Y el carácter no se certifica, se demuestra.
Hay algo que nunca aparecerá en un currículum ni en ningún título enmarcado en una pared: la persona que elegimos ser cada día, especialmente cuando las cosas se ponen difíciles. Esa, y solo esa, es la diferencia entre el éxito y la grandeza. Un título certificará sus competencias profesionales, pero la vida es la única que dará constancia de su integridad. Ningún papel puede avalar su empatía, su coraje, su palabra o su capacidad de mirar al otro con dignidad. Eso ustedes lo demuestran día a día.
En este dos mil veintiséis que nos desafía a pensar en grande, el mundo no solo necesita profesionales competentes, necesita desesperadamente seres humanos íntegros. Las tecnologías evolucionarán, las industrias se transformarán, las herramientas cambiarán, pero lo humano permanecerá.
Por eso, si hoy pudiera dejarles algo para el camino que comienza esta noche, sería esto. Primero, elijan siempre la integridad, especialmente cuando nadie los esté mirando. El mundo tiene demasiadas personas competentes que hacen las cosas bien cuando conviene. Lo que escasea, lo que verdaderamente transforma entornos, son las personas que hacen lo correcto aun cuando duela.
Segundo, usen su conocimiento para elevar a otros, no para distanciarse de ellos. El verdadero liderazgo no se mide por cuántos te siguen, sino por cuántos crecen gracias a que tú estuviste con ellos. Ese es el legado que vale.
Tercero, vivan con propósito, no solo con metas. Las metas se alcanzan y se olvidan. El propósito es lo que hace que cada decisión, grande o pequeña, tenga un hilo conductor. Es lo que convierte una carrera en una vida que vale la pena contar.
Y ese propósito casi siempre tiene nombres y rostros detrás. Nada de lo que celebramos ocurrió en soledad. Hay personas en esta sala y algunas que seguramente no pudieron estar, que sostuvieron ese camino desde el silencio. Familias que reorganizaron sus vidas para que ustedes pudieran estudiar. Parejas que sostuvieron el hogar mientras ustedes trabajaban para este momento. Madres que impulsaron con su amor cuando las fuerzas flaqueaban. E hijos, hermanos y sobrinos que hoy, sin saberlo del todo, están recibiendo la lección más grande de sus vidas: que los sueños se defienden y los objetivos se cumplen. Este logro es de ellos tanto como de ustedes.
Generación dos mil veintiséis: recuerden siempre de lo que son capaces. Salen de aquí esta noche con un título, con el orgullo de sus familias y con algo que nadie puede quitarles: las líneas doradas de todo lo que resistieron para llegar aquí. Toda la comunidad de Utel los abraza hoy como egresados, con orgullo, con gratitud y con la certeza de que este vínculo no termina aquí. Lleven esas líneas doradas con ustedes, úsenlas, muéstrenlas porque no son cicatrices, son la huella de su grandeza.
Muchísimas felicidades.»



