Mi padre siempre me recordaba que yo quería ser ingeniero desde que empecé a hablar, aún sin saber exactamente qué era. Pero sonaba bien. Seguramente lo habría escuchado o visto en algún sitio y la idea de serlo me parecía sencillamente un logro.  Me imaginaba inventando recursos útiles para la humanidad, sentado ante una mesa de diseño ¡aún no había ordenadores personales! Como síntoma, he de hacer una primera confesión: los juguetes eléctricos no me duraban mucho porque los desmontaba para saber qué tenían dentro. Y rara vez los montaba de nuevo.

Con esta idea romántica en la cabeza llegué a la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Industriales de la Universidad Politécnica de Madrid. Cogí el folleto para elegir la especialidad y aquí viene la segunda confesión: busqué aquella opción que tuviera más tecnología y que sonara muy bien. Ese fue el criterio. La imagen romántica de ser ingeniero aún seguía allí, indeleble. Puse la cruz donde figuraban asignaturas con nombres atractivos como Física Nuclear, Máquinas Térmicas, Tecnología Nuclear, Protección Radiactiva y, al cabo de unos años, obtuve el título, no con poco sufrimiento, en la especialidad de Técnicas Energéticas.

Pero ¿sabes qué? nunca me senté en una mesa de diseño ni he inventado ningún artilugio que haya revolucionado el mundo. La combinación de conocimientos y actitud nos lleva por caminos inexplorados, senderos que, a veces, otros ven para ti mejor que tú mismo y te abren las puertas para que accedas a ellos. Pasé por calderas, tecnología médica, inversiones, y administración pública, por puestos de dirección y gerencia. Siempre viviendo experiencias y siempre con la ingeniería como bandera, como una parte indisoluble de mi persona. Como una vez me dijo un alumno: “Un ingeniero no deja de serlo nunca”.

Con toda esta vivencia atesorada, hace ya casi catorce años empecé a ayudar a otros técnicos a comunicar mejor en público, a exponer con solvencia. Y a los técnicos le siguieron los médicos, los farmacéuticos, los abogados, los financieros, los empresarios, los directivos, los emprendedores y todos los que querían presentar sus temas de forma brillante. Y pasé de la ingeniería nuclear a la comunicación. Una transición que solo se puede ver desde el momento presente, como contó Steve Jobs en su discurso en la Universidad de Stanford, mirando hacia atrás y conectando los puntos que han marcado esa trayectoria. 

No se trabaja de ingeniero. Se es ingeniero. Al ser ingeniero tienes las puertas abiertas a un mundo extraordinario de posibilidades, porque no se trata de lo que sabemos hacer, sino de lo que somos capaces de aprender a hacer y de llegar a ser.

Sé ingeniero y ten siempre la puerta abierta a lo que se te presente. Como sostiene el psicólogo Mihalyi Csikszentmihalyi, permítete fluir. Es el camino a la felicidad.

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Miguel Ángel Guisado

Ingeniero Superior Industrial (UPM)

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LinkedIn: https://www.linkedin.com/in/maguisado


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